• El pito del sereno

    by  • 14 Diciembre, 2017 • Sevilla • 0 Comments

    (Escuchando de fondo “Abuchea” de SFDK)

    Si es cierto lo de “por sus actos lo conoceréis” (paremia bíblica de Lucas 6:43), debo considerarme como un sevillista rancio. De otra forma no se explica que, aun siendo persona en las antípodas de la superstición, tuerza el gesto cuando veo muchos niños haciéndose la foto en el césped con el once o cuando atisbo que el capitán contrario elige cambiar el campo y empezamos atacando para el sur, aun cuando empiricamente se ha demostrado que no tiene incidencia en el resultado final. O, por ejemplo, el hecho que cuando voy a entrar por la puerta de Puerta, instintivamente mire hacia las banderas que coronan Fondo para ver si están perfectamente ordenadas por clasificación, idea retomada, imagino, por los diligentes Gómez o Salado tan rancios como quien suscribe. Todo ello, estimo, obedece a la vivencia de un sevillismo adolescente donde dichas prácticas eran habituales por lo que uno las asume como tal en esa época donde cual esponja absorbe lo que lo rodea. Sin embargo, una de esas tradiciones que se han perdido es la de pitar al equipo en la salida.

    Y es que la nueva generación de sevillistas que se han criado al son de El Arrebato tal vez no lo sepan, pero antes de la actual parafernalia donde los equipos salen juntos, suena el Himno o disfrutamos de efectistas espectáculos luminosos, al Sevilla se le recibía de forma recurrente con una pitada. Y digo que era bastante habitual porque eso pasaba muchas veces tras derrota a domicilio del equipo, lo cual ocurría con frecuencia ya que una de las características históricas del Sevilla ha sido la fortaleza casera y la endeblez foránea. Así que si, por ejemplo, el Sevilla caía 3-0 en San Mamés, Atocha o Sarriá, al domingo siguiente la bronca con al que se recibía al equipo se escuchaba en el Parque Alcosa. Vehementes, tranquilos, exaltados o mesurados. Daba igual. Ahí pitaba hasta el más sereno.

    (foto web sevillafc.es)

    Aunque yo sea rancio para muchas cosas reconozco que para esto soy “poco tradicional” ya que nunca me ha gustado abroncar a nadie en un Sánchez-Pizjuán que ha silbado mucho y muchas veces a los buenos; esta afición no suele perdonar al indolente que tiene el duro. Se ha pitado a Francisco y Montero. A Luis Fabiano y a Suker. Y ahora, a Vázquez y Correa. Yo, como digo, y salvo alguna excepción (no sé porqué, a Rubén Vega lo tenía enfilado) no lo practico porque no veo en qué puede ayudar a mejorar, pero comprendo perfectamente al que lo hace. Estamos hablando de que cada uno de esos veinteañeros gana en un año lo que una grada entera, así que en un deporte tan pasional como éste, aguantar el desagrado de la gente cuando entiende que las cosas se hacen mal, debe formar parte del sueldo y asumirse con la profesionalidad y entereza que exige el formar parte de la élite. Porque ser élite no es solo jugar muy bien al fútbol y ser multimillonario; ser élite implica muchas más cosas como, por ejemplo, perder cinco minutos de tu vida en echarte fotos con chavales que llevan 40 minutos esperando junto al bus a la salida del partido (casi ninguno lo hace, señor Guerrero. Hágaselo mirar) o soportar que un mileurista que tiene un millón de problemas laborales, personales o familiares descargue adrenalina cuando ve que el espectáculo por el que ha pagado es bochornoso o cuando que el equipo que tanto quiere arrastra el escudo. Ser élite implica no enfadarse cuando a uno lo silban sino que, al contrario, debe suponer un acicate para intentar mejorar siempre en aras de revertir la situación Y esto, si hay algún jugador con incapacidad neuronal para entenderlo de forma autosuficiente, debe ser enseñado por los profesionales que en distintas esferas tiene el club.

    Tantos años de fútbol hace que conozcamos perfectamente las alegrías, las tristezas, la gloria o el bochorno. Y lo del otro día en el Bernabéu deshonrando la camiseta como pocas veces se vio, se queda corto a la hora de calificarlo como muestra el hecho que aunque ya han pasado varios días, el cabreo del personal tras el esperpento de Madrid no descansa. Que 11 tíos tomaran por el pito del sereno a otros 11 con el escudo del Sevilla hacen que las ganas de bronca pasen de las redes sociales y las barras de bar a la cercanía del Ramón Sánchez-Pizjuán. Normal. Porque la vida sigue, el sol vuelve a salir y la oportunidad de redención se presenta en la raruna fecha de viernes donde la posibilidad de seguir arriba pasa por derrotar al Levante en el fortín en un ambiente a priori feote.

    Ni de lejos pretendo con este post alentar una pitada a la salida del Sevilla porque, aparte de estar demodé, iría contra mis principios: yo no silbo nunca porque no le veo sentido. Repito. Ni es constructivo ni aporta nada a la victoria de mi equipo por lo que como ni lo entiendo, ni lo practico, ni soy incoherente, se me ocurriría pedir algo así. Yo, en este caso, adoptaré la posición Biri rompiéndome las palmas a aplaudir y no silbaré ni en la salida del equipo, ni en el 30 ni en el 80. Pero lo que por favor pido es que se respete la voluntad de cada uno que, ni es mejor sevillista por animar desde el minuto 1 al 90 ni es peor si le apetece pegar una bulla gordísima en el minuto 20 tras un hipotético e indeseable gol de Ivi. Ya está bien de sevillómetro y recomendar al pagano lo que tiene que hacer. Al Sevilla no hace falta “quererlo más” cuando pierde. Al Sevilla, al menos muchos lo entendemos así, lo queremos igual después de Eindhoven, de Oviedo, de Turín o de Bernabéu. La afición es lo suficientemente madura como para que no se la tome por tonta, ya sea desde el atril de la Junta de Accionistas o desde ciertos perfiles de twitter. Cada uno, dentro del respeto debido, vive esto como quiere y como le place, por lo que dar lecciones, calificar al de al lado, o decir que lo que hay que hacer es animar y no pitar (o al revés, que también los hay) resulta una boutade propia del que pretende dar lecciones desde un irreal púlpito de superioridad sevillista.

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